¿Cuál es la edad máxima para innovar?

Esta pregunta surgió hace unos días en un taller de cultura de innovación que impartí en Bogotá. La discusión resultó muy interesante, con algunas teorías que parecen restringir la innovación a personas jóvenes y aventureras, pero con una conclusión final: cualquier persona de cualquier edad puede ser innovadora si se encuentra en las circunstancias adecuadas. Eso sí, las circunstancias y sentido de urgencia que requiere cada persona varía de una a otra.

¿Y qué pasa cuando en vez de personas hablamos de organizaciones?

Seguro que muchas veces han oído aquello de que “esto es una industria madura y aquí no hay demasiado espacio para innovar”. Si además te muestran la curva de vida de la categoría y te explican por qué la industria está en esa zona de meseta sin cambios (ni aparentemente demasiada emoción), llega a parecer que sus argumentos tienen cierto sentido.

Cuanto más antigua sea la industria, más sólido parece ese modelo mental según el cual los sectores maduros deben enfocarse a la optimización y olvidarse de hacer “cosas raras” (de innovar, vaya). Al fin y al cabo, si la empresa ha sobrevivido tantos años en esta industria será porque ha hecho las cosas como era debido. Y cuanto más tiempo lleve la empresa, más sólido parece el argumento.

Sin embargo, el tiempo pasa, los mercados cambian, las costumbres de los clientes o usuarios evolucionan (a veces a velocidad de vértigo), aparecen nuevos competidores o productos sustitutivos, y la manera de hacer las cosas que resultaba tan conveniente para las circunstancias de antaño ya no lo son tanto para las actuales. Y esto pasa siempre, a mayor o menor velocidad, de forma paulatina o abrupta, pero siempre, incluso para los sectores más maduros.

A todas las industrias les llega su San Martín, o por ponernos en positivo su momento de cambio. La industria de automoción lo sabe, el sector de la energía lo sabe y la industria de la salud lo sabe, por citar sólo algunos sectores con muchas décadas de antigüedad (más de un siglo incluso).

 

Claves de la innovación en sectores maduros

La adopción de la innovación en sectores maduros depende básicamente de dos elementos. En primer lugar, de la existencia de unas circunstancias que obliguen a la empresa u organización a reaccionar (es francamente raro que una empresa en un sector maduro se adelante a su tiempo sin existir ese sentido de urgencia). En segundo lugar, de la existencia de una dirección y un grupo de personas clave comprometidas con llevar a cabo nuevas formas de hacer las cosas que les permitan aportar nuevo valor. Como ven, las dos claves no tienen ningún misterio, y aún así, no resulta fácil ver ambas produciendo innovaciones en una organización con “solera”.

Ver esto en una empresa de 100 años es ciertamente remarcable, pero verlo en una organización de 400 años es simplemente admirable. Esto es exactamente lo que he encontrado en la Universidad Santo Tomás de Bogotá, la más antigua de Colombia, fundada en el siglo XVI. Su compromiso con la innovación (es decir, con transmitir sus conocimientos y valores de una forma mejor y diferenciada, tanto para el alumno como para la sociedad), es tal que puede servir de ejemplo a otras industrias muchísimo más jóvenes, que ponen toda clase de pegas para no ver la realidad cambiante a su alrededor y actuar al respecto.

¿Tiene usted dudas sobre si hay espacio para la innovación en su sector? Bien, pregúntese ¿si una organización de 400 años, que funciona en un modelo que ha sobrevivido desde el siglo XI, es capaz de innovar con éxito… no va a ser usted capaz de hacerlo también?

Hay que reconocer que con ejemplos como el de la Universidad Santo Tomás se acabaron las excusas.

Un saludo y buena innovación !