Después del ineludible lapso de Fallas volvemos a la carga con nuevos post. ¿Qué será lo que tienen estos días que uno acaba siempre en la calle viviendo el ambiente fallero independientemente de los planes “de trabajo” que hubiera hecho? Supongo que siendo amable con uno mismo podría llamarlo adaptabilidad a un entorno propicio… Bien, y ahora voy con el post.

Comentamos hace unos días que antes de reunir a un equipo de innovación y aplicar técnicas creativas necesitamos establecer los objetivos a lograr mediante la Innovación.

Imaginemos ahora que ya hemos fijado una diana a la que deberá apuntar el equipo. Imaginemos que el equipo ha utilizado una de esas fantásticas y entretenidísimas técnicas creativas con la que hemos generado un montón de ideas orientadas a conseguir dichos objetivos…
…¿ya está?
…¿ya hemos innovado?
Recordad que “Innovación = ideas implementadas y en explotación”, y de momento sólo tenemos ideas.

Antes de implementar las ideas habrá que hacer lo necesario para concretarlas y demostrar su validez,
…tendremos que gestionar los riesgos que puedan llevar asociadas,
…y habrá que ir descartando aquellas cuyo interés, viabilidad y riesgo no nos parezcan adecuados,
…y naturalmente, dar los pasos necesarios para llegar a poner en práctica las más prometedoras.

Por tanto, necesitamos hacer pasar las ideas por un tamiz o embudo que nos permita cumplir con todo lo anterior. Por decirlo de algún modo, conviene someter cada idea a una especie de “check-list” que nos dé una cierta garantía de que no estamos tirando por la ventana el presupuesto asignado a Innovación, ni corriendo riesgos bajo la línea de flotación de la empresa.

Además, este check-list deberá cumplir dos requisitos operativos:

  • Ser progresivo para evitar colapsar el sistema intentando averiguar hasta la última coma de cualquier idea sugerida, y también para ir asignando presupuestos graduales a cada idea según vayan demostrando su potencial.
  • Asegurarse de que la gestión de las ideas se orienta a obtener beneficios tangibles y medibles para la empresa. De una forma directa o indirecta, todas las innovaciones deben poder expresarse en algún momento en términos económicos o en el principal indicador de éxito de la empresa, o mejor aún en ambos.

La creatividad es imprescindible, pero sólo es una fase del proceso innovador. Si no realizamos una gestión eficaz para madurar las ideas, desarrollarlas y en muchos casos descartarlas, será difícil que algunas de ellas lleguen a convertirse en innovaciones.