Todos sabemos que tener nuevas ideas buenas y rentables no es cosa fácil. La mayoría de las “buenas ideas” resultan no ser tan buenas, factibles o rentables como en un primer momento nos pareció. Es normal. Se hace por tanto necesario disponer de un abundante caudal de ideas prometedoras y coherentes, para extraer de ahí las que merezcan completar su desarrollo, hasta convertirse en innovaciones efectivas verdaderamente rentables.

Pero, ¿de dónde sacamos ese torrente de ideas? ¿cómo hacemos para que nazcan ya con el mínimo de calidad y coherencia exigibles?

 Es ciertamente ingenuo esperar que una musa nos inspire “la gran idea”. El tópico del genio transportado por una irresistible fuerza creadora mientras concibe su genialidad tiene muy poco que ver con la realidad. Ya lo decía Thomas Edison, “la invención es 90% transpiración y 10% inspiración”.
La innovación y las grandes ideas tampoco pueden suscitarse por mandato.

Ten una idea! Ya! …Y que sea buena!

No, esto tampoco funciona. De hecho suele resultar disfuncional provocando que las ideas afloradas resulten escasas y conservadoras.

En cambio, las ideas afloran en las personas cuando se dan las condiciones adecuadas. Para inducir el afloramiento abundante y adecuado de aquellas, por tanto, es imprescindible cultivar el contexto y las condiciones en las que las nuevas ideas afloran, se comparten y se desarrollan.

Puesto que todo el ciclo de innovación es gestionable con una metodología, también la propia generación o afloramiento de ideas puede estar sujeta a algún procedimiento. Eso sí, siempre que este proceso se conciba como un cultivo y no como una máquina que arroja ideas con sólo darle a la manivela.